Charlie Hebdo y la hipocresía de los lápices

Fue el dibujante del Herald Sun Mark Knight quien fue la última gota que derramara el vaso.

Para ser justo, él no fue enteramente el responsable. Si no fuese por toda la locura que le precedió, probablemente hubiese tomado su dibujo como otra atrocidad del Herald Sun, otra pieza más de la locura de Murdoch para ser burlada en lugar de disparar ira. Pero el contexto es todo. Y luego de días de cháchara santurrona acerca de la libertad de expresión y los valores de la Iluminación de la civilización occidental, el suyo fue más que un dibujo de lápiz de guerra.

Este dibujo muestra dos hombres – enmascarados y terroristas árabes armados (¿existe otro tipo de árabe?)- con una lluvia de objetos tipo bomba cayendo sobre sus cabezas. Sólo que las bombas no son bombas. Son lapiceras, lápices y plumas. ¿Entiendes? De cara a una ideología medieval que solo entiende el lenguaje del revólver, Occidente – el heroico occidente inspirado por la Iluminación – responde afirmando su compromiso a resistir el barbarismo con las armas ideológicas y la libertad de expresión.

Es una emocionante narrativa repetida ad nauseam en periódicos a través del globo. Se han llenado de representaciones de lápices quebrados a los cuales se les saca punta de nuevo para luchar otro día, o editoriales declarando que venceremos el terrorismo al negarnos a dejar de burlarnos del Islam.

Ya llegó la hora de decir que son mentiras. El dibujo de Knight dejó su punto bien claro, pero cada imagen que invocó la idea que la cultura occidental podría y se defendería a sí misma del extremismo islámico librando una batalla de ideas demostró la misma amnesia histórica y política.

La realidad no podría estar más alejada de esta narrativa ridícula.

En la última década y media los Estados Unidos, respaldados en distintos grados por gobiernos de otros países occidentales, ha hecho llover la violencia y destrucción en el mundo árabe y musulmán con una ferocidad que tiene pocos paralelos en la historia de la guerra moderna.

No fueron lápices y lapiceras –mucho menos ideas- que dejaron a Iraq, Gaza, Afganistán destruidos y cientos de miles de seres humanos muertos. No doce. Cientos de miles. Todos con historias, con vidas, con familias. Decenas de millones han perdido amigos, familiares, hogares y han visto a su país desgarrado.

A las víctimas de la ocupación militar; a la gente en las casas que tuvieron que soportar el impacto del bombardeo “shock and awe” (conmociona y aterroriza) en Iraq; a aquellos cuyos cuerpos fueron desfigurados por el fósforo blanco y uranio empobrecido; a los padres de los niños que desaparecieron en las celdas de tortura de Abu Ghraib; a todos ellos – ¿qué más que una cruel burla es la aseveración que la “civilización” occidental pelea sus guerras con el lápiz y no la espada?

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Y esto es solo lo que nos concierne en esta última vuelta de atrocidades. Es incluso no considerar el siglo o más de siglo de políticas coloniales occidentales que a través de sangre y hierro han confinado a todos excepto unos pocos de la población del mundo árabe a la pobreza y desesperanza.

Es incluso no mencionar el brutal dominio del colonialismo francés en Argelia, y el estar listos para asesinar cientos de miles de argelinos e incluso cientos de ciudadanos franco argelinos en sus esfuerzos de mantener los restos del imperio. Es dejar de lado la continua pobreza, el dejar en guetos y la persecución que sufre la población musulmana de Francia, que es mayoritariamente de origen Argelino.

La historia de la relación occidental con el mundo musulmán – una historia de colonialismo, imperialismo, ocupación, subyugación y guerra – grita en protesta en contra de la singular idea que los “valores occidentales” conllevan el rechazo a la violencia y el terror como herramientas políticas.

Por supuesto que el lápiz ha cumplido su rol también. Los lápices que han firmado los interminables “Patriot Acts” (Actos Patrióticos), leyes anti terrorismo y propuestas de ley que han consolidado el hostigamiento policial y han restringido los derechos civiles. Los lápices de editores de periódicos que suscitan vueltas y vueltas de histeria, incitando prejuicios anti musulmanes y haciendo a la gente extranjera en su propio país. Pero los lápices de los editores de periódicos no fueron fuertes por virtud de su sensatez o razonamiento, pero en tanto que fueron sirvientes de los poderosos y sus armas.

El considerar este contexto no solo expone la hipocresía de aquellos que crean la narrativa de un occidente iluminado defendiendo la libertad de expresión, también señala la previsibilidad e inevitabilidad de actos horribles de terrorismo en respuesta. Por supuesto que nunca sabremos que pasaba por las mentes de tres hombres que llevaron a cabo esta última atrocidad. Pero es la cumbre de una actitud filistea[1] en cuanto a la historia ignorando el contexto – tanto el reciente como el lejano – en los cuales estos ataques se llevaron a cabo.

La idea que la indignación e ira musulmana en respuesta a la malvada representación de sus iconos religiosos puede ser evaluada separadamente de la persecución de musulmanes en occidente y la invasión y ocupación de países musulmanes es el producto de una completa incapacidad de empatizar con la experiencia sostenida y sistémica de opresión.

Lo que es extraordinario, incluso cuando la más rápida consideración de la historia reciente se toma en cuenta, no es que este horrible incidente haya ocurrido, sino que tales eventos no pasen más seguido. Es un gran testamento al perdurable humanismo de la población mundial musulmana que sólo una pequeña minoría recurre a dichos actos de cara a una provocación sin fin.

En estos próximos días, un ya cansado y agotador teatro de lo absurdo continuará su función de actos inevitables. Los políticos occidentales que encierran a sus propios disidentes y miden cada movimiento de sus ciudadanos seguirán alabando versos sobre la libertad de pensamiento. Los líderes musulmanes de todos los matices continuaran denunciando un terrorismo que no tiene nada que ver con ellos, y ellos mismos serán denunciados por no hacerlo más a menudo o más vigorosamente. La derecha atacará a la izquierda como simpatizantes del extremismo islámico, y demandarán que repitamos sin fin una obvia verdad que los periodistas no deben ser matados por expresar sus opiniones. También demandarán que aceptemos que los occidentales blancos, no los musulmanes, son las victimas verdaderas de este último drama político.

Mientras tanto, los musulmanes en occidente, si se animan a caminar en las calles, lo harán con miedo de las represalias inevitables. Y no será de lápices que tendrán miedo.

Traducido de un artículo en redflag.org.au

[1] Se le llama a la actitud que demuestra escaso conocimiento, espíritu vulgar y poca sensibilidad artística o literaria.